El espectáculo Varekai del Circo del Sol vive su última semana en Sevilla.
Es la última función de la noche, de la última semana en la que el Grand Chapiteau del Circo del Sol permanecerá bajo el cielo sevillano. Espectadores que van ilusionados a descubrir algo nuevo y artistas, trapecistas, malabaristas y circenses que lo conocen bien y vienen de lejos, en el tiempo. Desde el 20 de Febrero, en Sevilla, se sobrepasan las 2.500 funciones de Varekai. Si hay fallos son debidos al cansancio, pues los pasos están memorizados después de tanta función y paseo por el mundo. Nueva Zelanda, Canadá -el país del que procede el circo-, Estados Unidos o Amberes, ahora España y después, sin escalas, a Moscú. Todo el espectáculo va ajustado al milímetro, pues se van a rebasar los límites de la realidad y hay que estar preparado.
El dominio del aire durante el espectáculo y la crítica fascinante acompañan al Circo del Sol allá donde va, y aunque pocas cosas distinguen a este circo canadiense de los demás, cuán abismales son las diferencias que hay. Las piruetas imposibles son el plato fuerte del espectáculo, la puesta en escena, el color y la música en directo acompañan con majestuosidad a los artistas; y como en todos los circos, siempre hay payasos, que dan la bienvenida al público como acomodadores que pierden a los espectadores por las gradas y acaban como magos de trucos fracasados.
Cuando todo queda oscuro, las miradas se dirigen al escenario. Un bosque de juncos tan altos como el Grand Chapiteau presiden la atmósfera. Reina el silencio mientras van apareciendo las primeras criaturas extraordinarias de ese lugar, Varekai -que en la lengua romaní significa “dondequiera”-. Ataviados todos con vestimentas coloridas, se mueven como animales gráciles, flexibles que como aves suben a lo más alto de los juncos, y como reptiles se arrastran por el suelo. El espectáculo comienza a envolver a la audiencia cuando entre el público aparecen violinistas y gaiteros que al finalizar la ronda por las gradas se instalarán entre los juncos, junto a Isabelle Corradi y Craig Jennings, cantantes de voz profunda, como el bosque, que pondrán la música al espectáculo en cada baile y se dejarán ver junto a los artistas, vestidos como elfos en el bosque de Lothlórien.
Todo el espectáculo gira alrededor del mito de Ícaro, representado de forma inteligible. Un pájaro blanco cae en el bosque y pierde sus alas, ante la sorpresa de sus habitantes, que bailarán alrededor mientras el ave, Ícaro, se mueve en el aire. Cada artista tiene su parte protagonista en la actuación. Aros, cuerdas, trapecios y malabares; niños de no más de 8 años que dan cabriolas imposibles y al que todos esperan, al chico de las muletas azules que con su minusvalía es capaz de moverse grácilmente provocando el asombro de los espectadores.
Danzas en tierra, agua, aire y con fuego, los elementos más básicos representados que despiertan el instinto del espectador , y siempre “dondequiera”. Y como payasos con sus gags humorísticos, todos esperan a la chica que salvará a Ícaro de su soledad, una criatura única y exótica, la rana que queda atrapada en los cielos y baja convertida en princesa deleitando a Ícaro con la curvatura de su baile.
Música y bailes estratégicamente dispares y con matices de las múltiples culturas que acoge este Grand Chapiteau. Una muestra excelente de como la danza y las cosas más banales son capaces de unir a los pueblos en un mismo espectáculo. 150 nacionalidades distintas representadas en un mismo circo que tras mes y medio en Sevilla se marcha a otros lugares para mostrar su esencia a otros públicos, la esencia nómada del circo más tradicional, al compás de Varekai, siempre “dondequiera”.
** Esta Crónica del Circo del Sol es de un trabajo de clase, de Periodismo Especializado.