De cuando me salvaron los Carnavales
El año pasado, allá por estas fechas, me encontraba en una situación de esas en las que la vida no te sonríe demasiado, cuando la desidia le gana terreno a las ganas de vivir o de levantarte de la cama por las mañanas.
El cambio a la vida post-universitaria dejaba de acercarme a la mayoría de los que fueron mis compañeros. Falta de empleo, planes frustrados, ritmo lento o amistades efímeras y destructoras que querían verme tropezar. Las semanas pasaban lentamente entre clases que se hacían cortas por ser tiempo ocupado. No se distinguían la mañana de la noche, un lunes de un sábado. Y de todas las cosas que se volvían paulatinamente en contra la peor era el tiempo, que por ser libre se hacía eterno.
Pero como éste siempre perdona, a pesar de hacerse eterno seguía pasando… Y fue en una de estas cuando llegó febrero. Llegó febrero como un soplo de aire fresco, con su carnaval gaditano y las amistades – algunas más efímeras que otras- que venían con él y que hacían pasar el tiempo más rápido entre coplillas.
Los Príncipes o Los Joaquín Pamplina estaban ahí para hacerme reír y sentir algo más que la desidia de una mala racha. Sin darme cuenta las noches de bohemia y los viajes por Andalucía empezaron a marcar el calendario de la primavera andaluza.
Entonces me descubría mirando al cielo y pidiendo, de nuevo, que el tiempo se parase en esas noches a la verita del Puente de Triana.
Con el Carnaval llegaron la Semana Santa y la Feria de Sevilla, de Córdoba, Dos Hermanas, Alcalá o Puerto Real. Los viajes de locura y las aventuras de la hora del café. Y cuando me di cuenta era ya verano.
Ahora que mi mente está en otro lugar, pensando en otra persona más de lo que debiera, me encuentro de nuevo a las puertas de febrero, esperando que me vuelvan a salvar los Carnavales y me hagan pensar en algo más que no seas tú.
Respuestas ambiguas
Ana y Manuel pasean después de comer y de su café de media tarde antes de entrar a clase. En un momento, Ana cotillea su bolso. Está buscando un chicle, que siempre toma después del café. Cuando lo encuentra le ofrece uno a Manuel:
Ana. Manuel, ¿quieres un chicle?
(Silencio)
Manuel. Creo que no…
Ana se queda pensando: “Creo que no… ¿se lo doy o no?”.
Mira a Manuel desconcertada y mira al chicle después durante un tiempo. Mientras lo mantiene en alto, los dos estallan a carcajadas.
Así, Ana recibió la respuesta más ambigua de su vida en la pregunta más fácil de todas las que hizo.
El tamaño sí importa
Mari Tere, Soledad y Ana están disfrutando de unas botellas de tinto casero en un piso. Se ha hecho tarde porque andan celebrando muchas cosas. Nuevas carreras, nuevos cursos, aprobados y éxito, en general.
Las botellas se van gastando -con sus simpáticas consecuencias- mientras Mari Tere y Ana le comentan a Soledad lo que hicieron el pasado lunes, cuando estuvieron en una recepción con gente importante y exquisitos canapés:
…
Ana. Yo salí de allí comía
Mari Tere. Hombree. Nos dieron rabo de toro, pescaíto frito, mini-flamenquines, mini-tostas con chorizo y mini-banderillas de tomatito cherry con un taquito de queso fresco. ¡Muy bueno todo!
Soledad. Todo mini, ¿no?
Mari Tere. Todo mini, todo mini…
(Ana y Mari Tere ponen cara de desprecio mientras piensan en el minúsculo tamaño de los canapés).
Ana. Pues en verdad podrían habernos puesto las cosas más grandes. ¡Por favor!
Medio tomate cherry… ¡que nos pusiesen medio tomate normal y medio queso de Vega e Hijos!! ¡Y si no puede con una banderilla normal que cojan las de los toros!
Y así, las tres, y entre risas (y tal vez por el efecto del alcohol) descubrieron que el tamaño sí que importa.
Lo intrínseco del crecimiento
El problema que se crea con la madurez y con tener las ideas cada vez más claras es que, en el fondo, sabes que te estás perdiendo cosas.
Las sensaciones no son las mismas. Ya nada te sorprende como antes y lo que antes resultaba divertido, es ahora una tarea tediosa. Tampoco tu personalidad es la misma. Dejas de fiarte de la gente porque no te gusta o te da mala espina, y dejas de interesarte siquiera en conocerlas.
Bajo cambios radicales, tu mente se plantea si deberías hacerte pasar por tonta para caer de nuevo, para vivir, para interesarte por lo que se esconde tras la cortina de la duda, una tarea cada vez menos excitante con el paso de los años.
Dejas de caer, dejas de tropezarte y dejas de emocionarte; has encontrado que la emoción es pasajera, que todo cambia y nada es para siempre. Ese sentimiento que te llenaba hasta los topes y que podía durarte un año, ya no pasa de una noche.
La experiencia te hace saber, pero también te hace escéptico. No confías en las palabras de nadie. No confían en tu palabra. No te dejas llevar, y dejas las cosas pasar porque sabes que no llegarán a nada. Pero… ¿realmente lo sabes?
Durante cualquier tarde de aburrimiento, piensas en el pasado y en los cambios que has sufrido. Te planteas si algún día te podrás emocionar como antes, si hay alguien que te ayude a emocionarte. Te planteas lo efímero de las relaciones con personas que fueron amigas, o conocidos que pudieron ser amigos con algo de esfuerzo.
Te ciegas en este pensamiento y te hundes valorando las oportunidades perdidas. Estás obcecada, pero miras a tu alrededor y ves a una amiga. Estás sentada en el salón de su casa, mientras te replica:
“Tú tienes la suerte de tener las cosas claras. Eso te ayuda a discernir qué es lo que es importante y qué no”.
Piensas en sus palabras y no entiendes el por qué. Pero en otro ejercicio de mirar al pasado te das cuenta de por qué tienes esas cosas claras: Hay poco tiempo en la vida y hay que gastarlo en lo que merece la pena, en lo que a ti te merece la pena.
Recuerdas lo que has vivido y a las personas que has conocido. Ves a una amiga que te pide un café en la Calle Betis. Te ves en el “azul”, en Cádiz, en Córdoba o en Huelva. Ves a una persona que conoces desde hace 5 años y que a pesar de todo, confía en ti y en tu (vago) consejo. Encuentras a personas que has visto crecer a base de experiencias amargas. Mucho más amargas que las tuyas.
Ves a tu amigo en la lejanía, que te dice un “te quiero” cada vez que habla contigo. Ves a tu hermana aconsejándote y a tu perra moviendo el rabo cuando abres la puerta de casa. Ves las sonrisas de esas personas, y te acuerdas de que sonríes cuando estás con ellas. Entonces comprendes que realmente sigues confiando en las personas, solo que cada vez eres más exclusiva.
Así, te das cuenta de por qué tienes las cosas claras. Tus experiencias te han llevado a saber que los amigos y la familia van por delante del resto. Y que cuando el mundo te da a elegir entre ellos y todo lo demás, tu propio instinto te lleva a ellas:
- “Lo siento, ya he quedado”.
One pound
Ana y Manuel están sentados en el bar donde desayunan todas las mañanas. Junto con sus compañeros de curso, ríen y disfrutan. Han salido al descanso, eso es siempre una razón para estar feliz. Además, Ana, por acontecimientos de la vida, se encuentra bien, y a veces le da por entonarse con alguna canción.
Todos charlan por grupos. Donde están Ana y Manuel se quedan sin conversación aparente. De repente, rebuscando, Lola saca una moneda de su cartera.
Lola: Mirad, ¡es una libra!
(Ana estira la mano para acercársela)
Ana: ¿Una qué? Ah, una libra.
Manuel: Es verdad.
(Ambos la miran ensimismados)
Ana: One pound…
……………. (Silencio efímero. Ana está pensando)
Ana: A one pound buluba puran pan pú!!
Después de cantar esto, Ana ríe satisfecha. Ya tiene canción para el resto de la semana.
La relatividad de la distancia
Si me he quedado en Sevilla este año es para hacerme fuerte, para afrontar lo que iba a ser un año duro, cuanto menos. Sabía que no sería lo mismo, que muchos nos separaríamos, que no nos veríamos a menudo, y que iba a ser más difícil sobrellevar los momentos duros.
Las distancias son relativas. Pero desde cerca, cuando las excusas escasean, se ve quién es capaz de hacer sin esfuerzo que la lejanía se haga estrecha.
Sabía que tendría que moverme yo si quería ver a la gente. Sabía que tendría que viajar por Andalucía como el año pasado viajé por el mundo para ver a la gente a la que quería. Sé y siento que cuando son ellos los que vienen a buscarme el corazón me salta de alegría.
Por otra parte sabía que habría gente que por esta razón me juzgaría, que estaría pendiente de las cosas que iba a hacer, con quién me iba más y con quién me iba menos. Gente que me critica y que pretende después que me sienta a gusto consigo. Para esto, el único remedio es: tiempo y silencio.
Puede que no parezca suficiente, pero es lo que hay. Puede que no sea una razón, pero no intento explicarme. Porque las explicaciones me las debo sólo a mí.
El santuario
Son las ocho de la tarde de un día de enero. Estoy sentada en el banco de una plaza entre edificios, en un barrio humilde de Sevilla. En ella, los niños juegan dentro de un parque infantil, a pesar de que ya es de noche y hace frío. Los más mayores se sientan en reunión, y ven pasar las horas entre charlas y litronas. Algunos pasan por la plaza. Unos llegan a casa cansados del trabajo, y otros sudorosos de haber ido a correr a la vera del Río Grande.
Media docena de edificios rodean esta plaza. Algunos tienen la suerte de tener vistas al Guadalquivir. Uno de ellos, el número 7, tiene sus puertas hacia fuera. Es un edificio antiguo de cuatro plantas y dieciséis casas de vecinos. Muchos de ellos, ancianos, y la gran mayoría, inmigrantes.
Challenge accepted
Ana y Manuel andaban por la calle hablando de su fin de semana y las cosas que habían estado haciendo.
Ana: El otro día estuve en las carreras de caballos, Manuel. En el hipódromo de Andalucía.
Manuel: ¿Sí? ¿Y qué tal? Yo nunca he ido. ¡Un día podríamos ir!
Ana: Po sí, son gratis y quiera que no pasas la mañana del domingo. ¡Yo te acompaño!
Manuel: ¿Y cuándo vamos a ir a la ópera? Que de vez en cuando ponen espectáculos y eso.
Ana (riéndose): También, pero entre “Un día en las carreras” y “Una noche en la Ópera” vamos a hacer todas las películas de los Hermanos Marx.
Manuel (se ríe también): ¡Y hacemos también una “Sopa de ganso” y vemos cuanta gente cabe en un camarote!
……. (silencio)
Ana: CHALLENGE ACCEPTED

Cardiff: La copia chunga de Cádiz
Desde que pisé la tierra de Gales, y concretamente su capital, Cardiff, supe que me resultaba familiar.
Nunca antes estuve en un lugar parecido, pues fue la primera vez que pisé Reino Unido. No fue por el tiempo, porque pasé más frío del que nunca he pasado.
Entonces, me paré y pensé: ¿Será el nombre de esta ciudad lo que me resulta familiar? Y así fue, como comparando, encontré que Cardiff tenía similitud con Cádiz.
Pero ahí quedaba pues, ¿qué otras similitudes podría tener una ciudad de Gales con una de las ciudades más bonitas de España? ¡¡Me equivoqué al pensar eso!! Sobre todo al descubrir que Cardiff era una copia chunga de Cádiz, pero una copia sin lugar a dudas.
Descubriendo el fin del mundo
Ana y Manuel van sentados en el coche de camino a Córdoba. Tienen hambre cuando van pasando por Écija y deciden parar en el Centro Comercial N4 para comer, porque se ve desde la carretera y se puede seguir el camino fácilmente.
Así hacen. Comen en un chino, como no podía ser de otra manera y se lo pasan bien descubriendo qué coño están comiendo. Al salir del centro comercial, tiran a la derecha camino a Osuna.
Manuel: ¿Por qué tiras por aquí?
Ana: Porque como en toda carretera habrá una salida que ponga Córdoba, y otra que ponga Sevilla. Así salimos más rápido del pueblo.
Manuel: Ajá.
(10 minutos después)
Ana: Yo no veo ninguna salida ¿eh?
Manuel: ¡Mira qué paisaje! ¡Aquí es donde grabaron El Rey León!
Ana: (Se ríe, pero insiste) Bueno en el caso de llegar a Osuna tiramos para delante, que desde allí tiene que haber otra salida para Córdoba seguro.
Durante todo ese tiempo Ana piensa en un mapa mental inexistente dónde se ubica Osuna con respecto a Écija.
Cuando finalmente llegan a Osuna 20 minutos después, deciden preguntar a sus habitantes, que, después de varias cavilaciones, le indican que el camino más cercano a Córdoba es por el que han venido.
Ana y Manuel se dan cuenta de que han perdido 40 minutos de su vida por la carretera sin salidas, y proclaman que Osuna es el fin del mundo.
Y así lo es desde entonces.




